La primera vez que vi a María Fernanda Salvador fue a través de las redes sociales, yo llevaba menos de un año viviendo en Suiza. Recuerdo uno de sus directos hablando sobre integración, sobre los errores que cometemos cuando emigramos y sobre ese proceso de aprender a vivir en una cultura diferente. Me interesó tanto su manera de abordar el tema que, desde entonces, comencé a seguirla.
Tiempo después tuve la oportunidad de asistir a una firma de sus libros y conocerla personalmente. Fue bonito poder conversar con ella cara a cara, después de haberla escuchado tantas veces a través de una pantalla, y conocer un poco más de cerca a la persona detrás de todas aquellas reflexiones sobre migración e integración. Por eso, cuando nació Historias con acento, María Fernanda era una de esas personas que tenía muchísimas ganas de invitar. La invité y ella aceptó participar y, no voy a mentir, me hizo muchísima ilusión.

María Fernanda lleva ya tres décadas viviendo en Suiza. Dejó Quito, allá por los años noventa, para instalarse en Lucerna junto a su esposo. Ex Reina de Quito, campeona mundial de karate, escritora y coach sistémica, su vida ha pasado por distintas etapas y reinvenciones. Pero nuestra conversación no giró alrededor de una lista de títulos, sino de algo mucho más humano: qué sucede con nosotros cuando pasan los años y aquel país al que un día llegamos desde otro lugar empieza también a convertirse en casa.
Su libro Hasta que el paladar se acostumbre terminó siendo una metáfora perfecta para nuestra conversación. Porque cuando emigramos no solo tiene que acostumbrarse el paladar. Cambian nuestras costumbres, nuestra manera de relacionarnos, nuestra forma de pensar y, en cierta medida, también nosotros. Hablamos de nostalgia, choque cultural, crecimiento personal y de esas distintas etapas que atravesamos mientras intentamos encontrar nuestro lugar sin desprendernos de nuestras raíces.
“Si pudieras definir con una frase la palabra integración, ¿cuál sería?” “Felicidad“, respondió María Fernanda. Para ella, integrarse es llegar a ese punto en el que puedes moverte con naturalidad en el lugar donde vives, entender sus códigos y sentirte parte de él sin dejar de ser tú; llegar a sentirte, como ella misma lo describe, “como pez en el agua“. Durante sus primeros años en Suiza, ese fue precisamente uno de sus objetivos: conseguir desenvolverse aquí con la misma naturalidad con la que lo hacía en Ecuador. Y esa sensación, cuenta, era parte de su felicidad. De ahí que María Fernanda haga hincapié en algo que quizá olvidamos cuando hablamos de integración: cada persona tiene que descubrir primero qué significa para ella ser feliz, para poder construir la integración que necesita sentir.

Quizá ese sea también uno de los mensajes más bonitos que me llevo de nuestra conversación. Integrarse no tiene por qué significar dejar atrás quiénes somos, sino encontrar nuestra propia manera de sentirnos bien en el lugar que ahora llamamos hogar. Y puede que, antes de preguntarnos si estamos suficientemente integrados, tengamos que hacernos una pregunta mucho más sencilla: ¿qué significa para cada uno de nosotros la felicidad?
Bis bald.



