Emigrar conlleva muchos sacrificios.
Significa dejar atrás nuestro hogar, nuestras costumbres, nuestra familia y, en muchas ocasiones, una parte de nosotros mismos. Significa empezar de nuevo, adaptarnos a una cultura diferente y construir una nueva vida lejos de todo aquello que alguna vez nos resultó familiar.
A lo largo de ese camino atravesamos diferentes duelos y aprendemos a convivir con la distancia y las ausencias. Pero hay una experiencia especialmente dolorosa: perder a un ser querido mientras estamos lejos.
Llevo viviendo en Europa más de veinte años y hay algo en lo que quizá no pensamos demasiado cuando emigramos: mientras nosotros intentamos adaptarnos a nuestra nueva realidad, la vida de quienes dejamos atrás continúa. Nuestros padres envejecen, nuestros abuelos se hacen mayores, nuestros hermanos crecen y ocurren acontecimientos importantes de los que no siempre podemos formar parte. Sin darnos cuenta, nos vamos perdiendo momentos que nunca podremos recuperar.
En 2025 tuve la oportunidad de regresar a Ecuador después de veinte años. Uno de los momentos más especiales de aquel viaje fue reencontrarme con mi familia y, especialmente, con mis dos abuelitas, con quienes siempre he sentido un vínculo muy especial.
Durante aquella visita, una de mis abuelitas, Carmen, por parte de madre, nos recibió con mucho cariño y nos cantó una canción en shuar, mi lengua ancestral. Por lo que pude comprender, la canción hablaba de un tucán que había regresado. Me gusta pensar que, de alguna manera, aquel canto expresaba también la emoción de recibir a su nieta después de tantos años. Mi esposo y yo grabamos aquel momento, sin imaginar el valor que tendría para mí tiempo después.
En mayo de este año tuve la oportunidad de verla nuevamente. Fue una visita breve, pues su estado de salud ya estaba algo delicado. No imaginaba entonces que sería la última vez que la vería. Hace unos días mis peores temores se hicieron realidad, mi abuelita falleció.
Perder a un ser querido es doloroso, independientemente de dónde nos encontremos. Pero cuando vivimos lejos, a ese dolor se suma la impotencia de no poder estar presentes, de no poder acompañar a nuestra familia ni abrazar a quienes también están sufriendo. En mi caso, mientras intento asimilar la pérdida de mi abuelita, también pienso constantemente en mi madre, que acaba de perder a la suya, y en cuánto quisiera poder estar a su lado en estos momentos.
Sé que muchas personas que hemos emigrado hemos vivido situaciones similares. Algunos hemos perdido a nuestros abuelos, otros a nuestros padres, hermanos u otros familiares queridos. No creo que nuestro dolor sea mayor que el de quienes están cerca, pero la distancia añade una dificultad más a la manera en la que vivimos el duelo.
Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre el tiempo y lo importante que es mantener vivos los vínculos con quienes queremos. A quienes vivimos lejos, quisiera animarnos a no dejar siempre para después esa llamada, esa conversación o esa visita que llevamos tanto tiempo pensando hacer. Porque mientras nosotros construimos nuestra vida lejos, el tiempo sigue pasando para todos. Hoy agradezco profundamente haber podido reencontrarme con mi abuelita, abrazarla y escucharla cantar. Aquel momento, que entonces fue un recuerdo hermoso de nuestro viaje, hoy se ha convertido en uno de los más valiosos que conservo de ella.
Abuelita Carmen, gracias por tu cariño y por recibirnos con tu canto después de tantos años.
Así es como quiero recordarte.


